Ok Diario

23 agosto, 2018

Deslacificar

“Tan lícita es una manifestación que aporta como otra que retira.” La insólita declaración de la Fiscal General del Estado, que se proyecta sobre la institución en forma de descrédito, abriga la convicción de que contaminadores y descontaminadores son uno y lo mismo: expresiones opuestas de una idéntica degeneración.

El propio paralelismo sintáctico parece ir en auxilio de la ocurrencia, confiriéndole aspecto de velada frikie: los que aportan (¡!) vs los que retiran. ¡Cómo resistirse al espectáculo! Diríase que la realidad es un reflejo disparatado de dicha equiparación. A los perturbados que siembran de crucifijos la plaza mayor de Vic sigue un perturbado que las arrasa.

Se trata de una operación semejante a la que identifica como una forma de fanatismo o extremismo la reivindicación de una enseñanza bilingüe, la contestación al referéndum del 1-O (y al del 9-N) o, sin ir más lejos, la inquietud ante el propósito del presidente de la Generalitat, Joaquim Torra, de “atacar al Estado”. Pero releamos de nuevo a la Fiscal: “Tan lícita es una manifestación…”. Una manifestación, en efecto. Y no: poner lazos amarillos en la vía pública no guarda relación alguna con el libre ejercicio de la opinión, del mismo modo que el envío de anónimos amenazantes no está amparado por el libre ejercicio de la comunicación. (Resulta desmoralizador, ciertamente, aclararle este punto a la máxima autoridad de los fiscales, pero habremos de hacerlo cuantas veces sean necesarias, siquiera para no perder pie.)

Quienes portan un lazo amarillo en la solapa no hacen sino gritar (amarillo chillón) que los políticos que están presos por el intento de pisotear los derechos de la mayoría de la población no merecen estarlo; que no cabe renuncia alguna al plan de secuestro de la soberanía nacional en razón de un delirio identitario; que la fractura social, la quiebra institucional y la ruina económica son un precio asumible cuando lo que está en juego es la posibilidad de forjar una nueva patria.

Eso, exactamente eso, es lo que pregona el distintivo de marras; sobre esos presupuestos se funda el anhelo de libertad para Junqueras y compañía. Y siendo desagradable rozarse con individuos que lucen dichas proclamas en su prenda de vestir, que las exhiban los balcones de los ayuntamientos y otros edificios oficiales es directamente intolerable. No ya por una cuestión de partidismo, que también, sino por lo que tiene de desprecio a la convivencia, de vileza antidemocrática y, en el caso de los municipios gobernados por el PSC y el podemismo, de servidumbre ideológica, de resignada asunción del rol de comparsas que el nacionalismo les tiene reservado.

La utilización de los Mossos d’Esquadra para sofocar la imparable ola de deslacificación que recorre Cataluña, es una razón más de las muchas que acumula Torra para que el Gobierno de España se plantee aplicar de nuevo el 155. En cualquier caso, no parece de recibo apelar a los derechos de unos y otros, como invocando las tragaderas del sistema para con sus depravados. Máxime teniendo en cuenta que los ciudadanos que se ocupan de velar por que el espacio público siga siendo un ágora, hacen las funciones de un Estado que, como otras tantas veces ha sucedido en Cataluña, no pierde oportunidad de reafirmar su absentismo. Y sólo el hecho de que yo (sí, esto es una autoinculpación) también haya contribuido a la causa durante alguno de mis paseos por Tarragona, impide que les rinda, con este artículo, el tributo que sin duda merecen.

Publicado en Ok Diario el 23 de agosto de 2018