ABC

27 agosto, 2018

Monárquicos de qué

En el homenaje a las víctimas de los atentados yihadistas en Barcelona y Cambrils, el nacionalismo atisbó únicamente una oportunidad para cargar nuevamente contra el rey Felipe VI. Y a ello se aplicó con la saña acostumbrada, llamando a sus fieles a la enésima algarada antimonárquica y atestando el centro de la ciudad con consignas del tipo «Els catalans no tenim rei».

Conviene llamar la atención acerca de este uso fraudulento de la semiótica del republicanismo. En el intento de sumar a su causa a todos aquellos sectores de población en los que, con el episodio de Botswana y la posterior abdicación de Juan Carlos I, germinó el desprecio a los Borbones, Puigdemont y, sobre todo, su valido, vienen travistiendo la oposición independencia-democracia en la dicotomía, tentadora donde las haya, monarquía-república.

Y así, hablan con desparpajo de monárquicos y republicanos (incluso de felipistas y republicanos), como si quienes abogamos por la unidad de España creyéramos en la sangre azul y otras supercherías, o nos hubiéramos planteado seriamente la conveniencia de que España sea una monarquía. Y no. Ni somos monárquicos en un sentido tradicionalista, de vieja estirpe, ni abrazaríamos una Cataluña independiente que tuviera como jefe de Estado a un rey «nostrat». Y además: una república, como tal, no es garantía de nada, y menos cuando está en manos de un movimiento político cuyo primer alumbramiento en rebeldía, la Ley de Referéndum, fue un atentado contra los principios más elementales de la democracia.

La república, en boca de los propagandistas del nacionalismo, no es más que una estratagema, una más, de las muchas que han utilizado, para ensanchar la base del movimiento. En verdad, lo que les distingue es la relegación de los hechos en cualesquiera de sus órdenes, lo que incluye que los muertos del 17-A sirvan de folre para levantar una bandera.

Publicado en ABC el 27 de agosto de 2018