ABC

3 agosto, 2014

Sin nación, ¿nacionalistas?

Mas y Rajoy han hablado por fin y todo sigue igual. El President de la Generalitat fue a Madrid con el plomo del caso Pujol en las alas pero aún así no se despeinó. Dijo que existía “voluntad de diálogo” y que acudió con un dossier con más de veinte propuestas. Una veintena de temas que son una veintena de reivindicaciones, sobre la realidad y sobre la ficción. Por lo que respecta al referéndum se le ratificó que, si se lleva a cabo, no se realizará de ningún modo bajo la legalidad ya que el supuesto no está contemplado por la Constitución. Y que no, que no existe algo como la “legalidad catalana” por mucho que los independentistas como él la invoquen.

El cansancio y el hastío que nos acompañan estos meses hasta el día “0” (“cero” de “cero”, de encontrarnos con la “nada”) se van viendo punteados por los enojosos sobresaltos de la confirmación definitiva de que no sólo nos estaban robando la buena imagen y la convivencia, sino el dinero. Los nacionalistas insisten en recordarnos que la corrupción es un fenómeno generalizado y que existe en todas partes. Falso. En Cataluña no hemos tenido unos meros casos de corrupción, por importantes que sean las cifras. Ha sido un verdadero fraude moral. Y ese sí lo compartimos todos, nacionalistas y no nacionalistas. Los nacionalistas como ilusionados miembros de una parroquia muy integrista que ven a su amadísimo e idolatrado rector detenido por pederasta. A los no creyentes en identidades inmutables y a la medida de los clérigos, pero igualmente sufridores de sus rigores y caprichos, al descubrirnos doblemente burlados y maltratados.

Entre los lamentables paños calientes que se van a proponer en estas semanas figurarán descabelladas sugerencias como el blindaje de las competencias y la lengua y esa atrocidad del reconocimiento de Cataluña como “nación”. Tenemos que mantenernos muy firmes con eso, por más que compañeros de resistencia de las últimas horas, como federalistas con diversos grados de asimetría y moderados de Unió que no han asomado la cabeza más que cuando no ha habido más remedio, utilicen el manido comodín del “ni con unos ni con otros”. Eso sí que sería ganar una batalla para perder la guerra. La guerra contra la gran superstición de la nación, entelequia que tiene un único y letal sentido: perpetuar conflictos y fricciones hasta el fin de los siglos. Ya sé que parece sólo una palabra. Pero recuerden que sin alma no hay desalmados. Se lo ruego.