21 julio, 2017

En el Parlamento Europeo

javier-orrico[1]

El Parlamento Europeo, o mejor, a su sede de Bruselas, se llega a través de la Rue Luxembourg. No sé si se hizo a propósito, pero no pudo elegirse mejor, pues Luxemburgo es una metáfora de todos nosotros: países pequeños que no son nada sin sus vecinos, que no sobrevivirán frente a los gigantes mundiales sin una unidad que de momento es no más que un sueño.

La semana pasada estuve allí para asistir a una sesión de Euromind, una entidad creada por la eurodiputada española Teresa Giménez Barbat, que trabaja para poner el humanismo y la ciencia al servicio de la verdad (es decir, contra la posverdad) y contribuir con ello a la unidad europea, tan necesitada de alguien que ‘desfaga’ todos los entuertos que sobre ella caen desde los prejuicios, la xenofobia, el racismo, el populismo, el fanatismo religioso y, en general, el nacionalismo como gran enemigo de la idea de Europa.

Teresa, cuya lengua materna es el catalán, catalanísima no nacionalista, para espanto de tontainas, constituye una afortunada anomalía en Europa: es la única diputada que milita exclusivamente en un partido europeo, el liberal, y que no tiene partido en España, huérfana tras el deceso de UPyD. Pero con ello nos indica el camino: Europa, entre otras muchas cosas, no será posible hasta que en el Parlamento Europeo no haya más que partidos europeos, no sólo en absoluto dependientes de las organizaciones ‘nacionales’, sino, al contrario, dirigiéndolas.

La jornada a la que asistí no pudo ser más pertinente, ni representar de manera más precisa la idea que mueve a Teresa y su Euromind. Nada menos que estudiar las relaciones entre razón, emoción y política. Un repaso al fanatismo, al populismo emocionalista y a los impulsos que llevan a ‘la gente’ a votar a unas u otras formaciones políticas. Y una primera lección: la demostración científica de algo que siempre habíamos sospechado al respecto de la intervención de la emociones: no se vota a favor de nada, siempre en contra. Son la ira y la rabia, acaso el miedo, los que llevan al voto. Pero las emociones positivas, oh maestra vida, nos hacen mejores, pero no nos llevan a votar.

La segunda lección tuvo lugar al día siguiente, en un pequeño debate con la propia Teresa Giménez Barbat: nada será posible sin que renunciemos a eso que se llaman las identidades nacionales para acogernos a una nueva identidad: la de los derechos iguales para todos, la de las libertades auténticas, las individuales, que sólo estarán garantizadas si alguna vez se cumple esa utopía europea. Utopía, exactamente, que ya no estará en ningún sitio, sino en el ámbito de las leyes compartidas que permitirán a cada uno ser lo que le dé la gana, y sentirse, en su casa, lo que quiera, siempre que no intente imponérselo a los demás.

Pero me había ido de España con el aserto, inconcebible en un socialista, de Miquel Iceta: «La nación es un sentimiento». La posverdad. Nacional-populismo en estado puro. Y al volver me encontré un artículo de José Luis Villacañas, inconcebible en un filósofo, asumiendo los principios fundamentales del nacionalismo catalán y exigiendo la rendición del Estado, que sólo persigue, según el autor, la extinción de Cataluña. Y claro, los pobres tienen ‘miedo existencial’ a desaparecer. Exactamente las tesis de Pujol sobre las que se construyó la tiranía que, ella sí, sólo busca la desaparición de la lengua española y de todo vestigio español. Es decir, de la huella y la memoria de la mayoría de los catalanes, también de muchos catalanohablantes maternos, bajo leyes como la que Puigdemont acaba de presentar, y que sólo pretenden la perpetuación de una casta, la extorsión organizada y la eliminación del disidente.

Se hace duro volver a esta España después de un paseo por lo que podría ser, por lo que deberá ser, si queremos seguir siendo algo. Lo que no entiende ningún nacionalista, ni ninguno de sus reaccionarios compañeros de viaje, es que resulta imprescindible que desaparezcamos todos, la idea misma de las identidades, las cohesiones nacionales y la idolatría de los signos, siempre que se esgriman como incompatibles con una mirada cada vez más amplia, concéntrica: Europa.

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