19 noviembre, 2017

Fake news, Good news

Agentes de la Policía Nacional, el pasado 1 de octubre en Barcelona.

No ha sido muy comentada, pero me parece especialmente interesante la entrevista al ministro Alfonso Dastis en la BBC que corría estos días por las redes sociales. Le preguntaron sobre lo ocurrido el día 1 de octubre y sobre las cargas policiales, y respondió que muchas de las imágenes eran fake news. Sería una respuesta muy pertinente si esas, las fake, las falsas, las que no eran imágenes de las cargas policiales del 1 de octubre, fuesen precisamente las que estaba exhibiendo la BBC durante la entrevista. No parece ser el caso. También sería muy pertinente si las fake news de esos días alterasen, de algún modo significativo, el relato sobre lo que sucedió. Si, por ejemplo, en las fake news hubiese muertos y en el recuento oficial no los hubiese. Si las noticias falsas alterasen de algún modo la obligación que tiene el ministro de defender la actuación de su Gobierno, de su policía. Haría bien entonces el ministro Dastis en advertir de ello al público. E incluso al público inglés. Pero este tampoco parece ser el caso.

El caso parece ser, más bien, el de un ministro que apela a las fake news y a los alternative facts al modo en que lo hace Trump: para ahorrarse comentar los hechos reales que no le conviene comentar. Y hace muy mal al comentar así una intervención que el presidente del Gobierno, de su Gobierno, llegó a calificar de ejemplar; porque titubeando en su defensa la hace parecer indefendible.

Agentes de la Policía Nacional, el pasado 1 de octubre en Barcelona.
Agentes de la Policía Nacional, el pasado 1 de octubre en Barcelona.

Esta preocupación del ministro por las fake news es especialmente interesante en un momento en que el Gobierno se muestra más dispuesto que nunca a combatirlas, al menos en TV3. La intervención de la cadena pública catalana se ha justificado precisamente en estos términos, y se promete que se ‘garantizará la transmisión de una información veraz, objetiva y equilibrada, respetuosa con el pluralismo político, social y cultural, y también con el equilibrio territorial’. Las quejas, por ejemplo, de los trabajadores de TVE deberían bastar para entender qué veracidad, objetividad y equilibrio cabría esperar de semejante intervención. Si es que las declaraciones de Dastis no fuesen ya suficientes para entender que la defensa de la verdad no puede dejarse en manos de los políticos, por mucho que pueda sentirse uno tentado a dejarla en manos de los suyos. Una tentación antigua como el hombre, pero que está volviendo con gran fuerza y peligro de la mano, precisamente, de las fake news, la posverdad, los ‘hechos alternativos’ y demás preocupantes palabros.

Tribalismo El surgimiento de estos conceptos y polémicas ha provocado la generalización del discurso de aquellos pesimistas que parece que andan descubriendo ahora que Internet no nos ha hecho más abiertos ni más tolerantes, ni siquiera estar mejor informados. Y no sólo eso, sino que nos ha permitido encerrarnos con mayor comodidad en una burbuja en la que ya no tienen que entrar informaciones que nos desagraden ni opiniones que nos choquen. Contra esta utopía ilustrada hemos visto resurgir la natural tendencia al tribalismo, hasta el punto que las opiniones no son ya algo que se tiene, sino que se es; de modo que, si uno ataca nuestras opiniones, nos ataca a nosotros. Que no es, por tanto, algo que uno pueda cambiar a la luz de nuevos hechos o reflexiones, sino algo que uno debe proteger como a sus propios órganos frente a la amenaza de quienes la desafían. El choque no es, en expresión de Ivan Krastev, entre razones, sino entre identidades. Y el único modo en el que parece posible cambiar de opinión es cambiar de grupo. Por eso, decía el pensador búlgaro ayer en La Vanguardia ‘es tan necesaria, hoy más que nunca, la figura del disidente, que es quien disiente con razones de su propio grupo’.

Contra este pesimismo hablaba también hace pocos días Steven Pinker en Bruselas, invitado por Euromind, y en El Mundo, entrevistado por Cayetana Álvarez de Toledo. Y habló para recordar que ‘hoy tenemos nuevos desafíos, pero también nuevos instrumentos para abordarlos: webs dedicadas al fact-checking, como Snopes o Politifact, o la milagrosa Wikipedia. Dicho esto, es crucial que los periodistas dejen de utilizar el corrosivo ‘posverdad’, que sugiere que la precisión es imposible y que el único arma contra la demagogia es más demagogia’. Que no es necesario, como no lo ha sido nunca, confiar en que alguna nueva y buena política o algún nuevo y algoritmo informático acabe con la expansión de la mentira e imponga entre nosotros el respeto que la verdad merece.

En la defensa clásica que los optimistas racionales hacían de la libertad de expresión subyacía la idea de que si uno se ocupaba de proteger la libertad, la verdad se protegería sola. Que al chocar en la esfera pública, las opiniones darían luz a la verdad. Hoy sabemos que esto no es así, quizás porque el choque, el debate, la discusión de ideas en la esfera pública ya no es necesaria. Porque la pluralidad de las informaciones no lleva necesariamente al diálogo entre distintos puntos de vista, sino que fácilmente lleva al aislamiento entre distintos dogmas estancos.

Sabemos, por tanto, que tenemos el deber de proteger la verdad nosotros mismos y sabemos, incluso, porque nos lo enseñaron Orwell y Arendt, que en el respeto a la verdad están en juego las libertades democráticas. Sabemos que nada garantiza la veracidad, la objetividad ni la pluralidad de la información que recibimos, y sabemos que menos que nada las garantiza un Gobierno benévolo. Y tenemos derecho y motivo para creer que la creciente fragmentación de las fuentes de información y los ámbitos de debate no es sólo ni necesariamente fuente de aislamiento y radicalización. Que esta creciente fragmentación disminuye también el poder que cada uno puede tener sobre la opinión pública. Renunciar a la libertad en aras de la verdad es someterse voluntariamente a la propaganda. Por eso, la libertad de Internet, incluso para publicar fake news y hechos alternativos, es la que más puede acercarnos al ideal ilustrado de que cada uno piense por sí mismo.

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