20 octubre, 2017

La nostalgia de las comunidades ideales

LPO

En el caso del desafío secesionista catalán, hemos visto pronunciarse a profesionales de diferentes campos. Sobre todo del derecho. Pero no todo se reduce a una cuestión de legalidad. La antropología tiene mucho que decir de todo ello. El problema fundamental de la cooperación humana es -y, probablemente, será por mucho tiempo-, cómo poner de acuerdo a personas de diferentes genealogías y orígenes.

Diversos filósofos y humanistas nos han hablado del “círculo moral” de la confianza, la cooperación y de la solidaridad. Nuestro primer círculo moral se reducía a nuestros familiares más cercanos y podía extenderse un poco más allá, a lo que llamamos familia extensa o tribu. Conseguir la supervivencia de los cercanos hacía posible salvaguardar el acervo de los propios genes. La gran sorpresa es que históricamente hemos realizado saltos hacia delante en la cooperación de nuestra especie. Avance que, sin perjuicio de regresiones cíclicas, parece apuntar hacia una ampliación progresiva del círculo -en términos del antiguo filósofo estoico Hierocles– que contiene a los que cooperan. Y las ventajas de esta estrategia demuestran que otra manera de proteger los propios genes es evitando el conflicto con otros grupos. Los que consiguen seguirla pueden prosperar. Ampliar la circunferencia de este círculo ha tomado su tiempo y de hecho se han experimentado diferentes saltos o lo que voy a llamar aquí grandes transiciones.

Una primera gran transición tuvo lugar en la prehistoria, cuando la evolución de un lenguaje simbólico y mitológico permitió a los grupos de más modernos y gráciles (desprovistos de rasgos arcaicos más agresivos) humanos sapiens sapienssuperar a competidores robustos -como los neandertales- mediante una inteligencia social más desarrollada.

La segunda transición coincide con el surgimiento de la escritura, las primeras ciudades e imperios en cuyo círculo de civilización, legitimado por sistemas de leyes comunes e ideologías religiosas, cooperan grupos más amplios de personas.

Una tercera transición comenzaría no antes del siglo XVI, coincidiendo con las grandes exploraciones europeas y los imperios occidentales de ultramar que consiguen dar literalmente la vuelta al globo. A esto se le suele llamar globalización.

Quizá nos encontramos en el umbral de una cuarta gran transición: la de las grandes sociedades de la información que trascienden los límites nacionales, conduciéndonos hacia una era que algunos califican como hiperhistórica y que favorecería la evolución de unidades políticas de cooperación por encima de los estados-nacionales y otras pequeñas unidades. Una sociedad de cooperantes planetaria, por así decirlo. Pero las transiciones se han cobrado un precio, en buena medida psicológico, ya que nuestra psicología social evolucionó, como he explicado, en entornos mucho más familiares y tribales que el actual, y estuvo marcada por encuentros cara a cara dentro de un grupo humano de no más de 150 individuos, según la conocida estimación de Robin Dunbar.

Este desajuste evolutivo, escarbando en la herida de una identidad y destino que parece escaparse de nuestro control, es quizá la explicación más profunda de tumultos políticos modernos como el propio nacionalismo. En realidad, no podemos vivir ya en sociedades compuestas por familias extendidas de 150 personas que se conocen y comparten genealogía -real o imaginada-, pero las ideologías nacionalistas y separatistas se basan en una especie de reconstrucción virtual y melancólica de este pequeño grupo o comunidad ideal. Y los políticos nacionalistas se encargan de exacerbarlo.

A la luz de la psicología social humana, no hay nada muy peculiar en el nacionalismo catalán que lo distinga de otros segregacionismos y separatismos. Ni España ni Cataluña son diferentes: podemos encontrar movimientos políticos similares que reivindican comunidades ideales con una difusión epidémica más o menos fuerte en naciones históricas europeas y consolidadas como Francia, Gran Bretaña o Italia.

Los nacionalistas de estas regiones a menudo apelan a la democracia, y a veces también a la integración en Europa. Pero aquí nos encontramos con contradicciones y dificultades insuperables.

Por una parte, la idea de que podemos usar la democracia en este momento para crear divisiones entre pueblos y personas donde no existían o estaban larga y sensatamente olvidadas es -como poco- bastante pintoresca. Por de pronto, contradice una larga tendencia que los historiadores asocian íntimamente con el proceso de civilización y pacificación, especialmente, el europeo: la reducción secular de sus unidades políticas. Según el historiador militar Quincy Wright, Europa habría pasado de tener 5.000 unidades políticas independientes (baronías y principados, sobre todo) en el siglo XV, a 500 en la época de la guerra de los 30 años, en el siglo XVII, 200 en la época de Napoleón en el siglo XIX y menos de 30 en 1953. Esto tiene consecuencias: según el Global Peace Index, 15 de los 25 países del mundo más pacíficos son hoy europeos.

Por otra parte, no soplan buenos vientos para la aspiración de que las pequeñas naciones ideales -Cataluña, País Vasco, Córcega, etc.- se acomoden en el orden legal europeo. La idea favorita hasta hace poco tiempo entre nacionalistas catalanes, galeses o irlandeses de disolver los estados nacionales en una Europa de los pueblos ha perdido fuerza tras la crisis financiera global de 2008. La UE no ha creado una tercera vía política entre la independencia y la Unión. Tenemos un Comité de las Regiones, pero el mayor poder sigue en manos de las naciones históricas a través del Consejo de Ministros, la Comisión y el Banco Central. Es más, este mismo orden legal sigue reconociendo, en el artículo cuatro del Tratado de Lisboa (2007) las funciones esenciales de los Estados miembros y, en particular, “las que tienen por objeto garantizar su integridad territorial, mantener el orden público y salvaguardar la seguridad nacional”. Artificios legales creados ad hoc por politólogos y activistas, como un inexistente derecho a decidir, evidencian las dificultades de los ideólogos separatistas para facilitar su encaje en el orden internacional y europeo.

Cierto que la trayectoria seguida por la Unión Europea no satisface a todos. Los equilibrios de la política real nos han situado en algún lugar intermedio entre la Europa soñada por los federalistas más optimistas (entre quienes me hallo) y la Europa de los Estados a la que preferirían regresar muchos euroescépticos todavía en el siglo XXI. Las dudas surgidas tras la crisis financiera, institucional y de identidad de los últimos años, que suelen ser tan subrayadas incluso en los discursos europeístas -además de deliberadamente estimuladas por terceras partes interesadas- no deben, sin embargo, hacernos perder de vista que, según la evidencia empírica, la mentalidad proeuropea sigue creciendo entre la población de la Unión (Striesing y Lutz, 2016). Según el Eurobarómetro, dos tercios de los europeos siguen viendo la Unión como un lugar estable dentro de un mundo problemático; el 80% apoya las libertades fundamentales europeas y el 70% respalda la moneda común.

Al exigir la separación con el resto de España y apostar por comunidades ideales basadas en identidades rígidas los nacionalistas catalanes y sus afines no sólo cuestionan un espacio de cooperación común que nos ha costado siglos construir en nuestro propio país. También se sitúan frente a la corriente general del proyecto europeo, que favorece más bien identidades que evolucionan hacia una conciencia de hiperpatria integradora y a unidades de cooperación más plurales, grandes y abiertas.

María Teresa Giménez Barbat es antropóloga y eurodiputada del Grupo de la Alianza de los Demócratas y Liberales por Europa (ALDE).

Publicado en El Mundo, 25 de septiembre de 2017

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