19 noviembre, 2017

Reseña de “Teoría de la creatividad”

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Jorge Wagensberg

Jorge Wagensberg (Barcelona, 1948) pertenece al raro linaje de investigadores que intenta llevar la ciencia a quienes no son científicos. Como divulgador ha ayudado a que sean más conocidos Lynn Margulis, Richard Dawkins, Konrad Lorenz, Richard Feynman o Stephen Jay Gould. Sus intereses abarcan la física, la biología y la metodología de la ciencia; y su último libro Teoría de la creatividad. Eclosión, gloria y miseria de las ideas recopila esta miscelánea de sabidurías.

Hay una odisea natural hasta que la especie humana concibe lo que Wagensberg llama “ideas culturales”. Con ellas esquivamos calamidades y creamos nuevos nichos para vivir. Los humanos no construimos nuestras casas como las termitas sus habitáculos: necesitamos “ideas”.

Somos una raza creadora de ideas. Sobre todo de ideas “sociales”. Wagensberg contrasta nuestra suerte con la de los extintos primos europeos, los neandertales. Reflejando ideas de Yuval Noah Harari, subraya que la ventaja de nuestros ancestros habría radicado en el desarrollo del arte y el lenguaje simbólico; particularmente en las capacidades para mentir y contar mitos que permiten ampliar la lealtad del pequeño grupo hasta coaliciones más sofisticadas.

Esto explicaría por qué unos hombres individualmente menos fuertes e inteligentes lograron imponerse. Nuestra supervivencia radica en estos “inventos” simbólicos. Las ideas míticas y religiosas -y quizás ideológicas- no son simples rumores, sino mentiras útiles que fundan nuevos órdenes sociales debido a su poder para cohesionar a los individuos y unificar el mando. Un colectivo sin estas “ideas” comunes -como presumiblemente era el caso de los neandertales, queda inerme ante devotos enemigos. Si hay un trecho evolutivo desde las “ideas naturales” de las termitas hasta nuestras primeras ideas culturales, un salto más significativo es el descubrimiento de las ideas científicas a través de un “método”.

La ciencia es ese método racional que nos permite “conocer la realidad con la mínima ideología posible” y en la expresión de bellas leyes cumple la máxima de “evocar lo máximo con lo mínimo”. La ciencia nos ha dado algunas de las más grandes ideas; la relatividad, la simbiogénesis, el “gen egoísta”…

Pero también hay ideas erróneas y malas ideas. No faltan ocurrencias ni en la historia de la ciencia: el éter, el “relojero ciego”, el flogisto. Pero también las ideas sociales pueden dar lugar a errores capaces de difundirse peligrosamente en colectivos formados por individuos que no disfrutan de conocimiento fiable. Wagensberg menciona el antisemitismo como paradigma de este Síndrome de Malentendido Colectivo, y que sufren desde colonias de hormigas hasta sociedades de humanos. Los colectivos sólo funcionan racionalmente cuando el “índice de honestidad” de los individuos que los forman es mayor a 0,5 (es decir, aciertan más de lo que se equivocan); lo que conduce a Wagensberg a defender una democracia moderada por una educación “que sólo recurra a las creencias cuando se ha apurado el dominio de la razón”.

El hombre es un animal que tiene ideas. Con “ideas” hemos construido ruedas, mejores arcos, flechas, aviones a reacción y coches eléctricos. Pero nuestra especie ha superado la “edad de la utilidad” inaugurada por nuestros ancestros Habilis. El fin más noble no es ya técnico, artístico o científico, sino moral: ideas para ayudarnos a vivir y convivir. Wagensberg, autor de un Contrato social contra el maltrato animal, piensa aquí como un optimista histórico. Existe un “progreso moral” basado en la razón, pero también en una empatía ancestral para arrinconar ideas “infames” como la esclavitud, la desigualdad y la tiranía, avanzando a veces contra un conservador “espíritu de los tiempos”.

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