Una nueva narrativa para Europa

Junts per Waterloo aceptará como presidenciable a un poliholograma que reúna algunos de los rasgos de los presos de Estremera y los fugados de Bruselas: el arrojo de Forn, las dotes de economista de Junqueras, el glamour de Puigdemont, la fina inteligencia de Comín… El día menos pensado nos desayunaremos con una noticia de esta naturaleza y pasaremos de página con la indiferencia que se reserva a los partes meteorológicos de las Azores, bien entendido que, así como el archipiélago se halla bajo el perpetuo influjo del anticiclón, Cataluña se halla bajo el síndrome de una estulticia que diríase irradiada por el método chemtrail. Sí, aún quedan restos de serie de la fábrica de independentistas que, al decir de la triunfal politología equidistante, habían auspiciado el Partido Popular y Ciutadans. No en vano, en Barcelona nunca faltarán medio millar de individuos que se animen a abuchear al rey Felipe VI, como ha sucedido esta semana tras el toque a rebato de Ada Colau, presidenta de facto de la Generalitat en lo que a efectos procesorios se refiere, y para quien la Semana del Mobile viene a ser lo que era para los batasunos la Semana Grande de San Sebastián: una oportunidad para hostigar al adversario. Asimismo, las cacerolas han vuelto a atronar en los balcones, pero durante menos tiempo, en menor número y, sobre todo, con una alarmante flacidez. Y aunque no quepa descartar que el nacionalismo venza en unas nuevas elecciones, la nota imperante en Cataluña es el hastío y casi me atrevería a afirmar que la despolitización. Habrá que echar cuentas, insisto, pero la política catalana, antaño enamorada de sí misma en virtud de la finezza que nos atribuía el buen Madrit, es hoy un coro de convictos, preconvictos o posconvictos que, reunidos en torno al fuego, se deleita cambiando cromos y oyendo voces.