19 noviembre, 2017

Ciencia «nacionalista»

Teresa Giménez Barbat

Hace unas semanas fue nombrada ‘consellera’ de Ensenyament de la Generalitat de Catalunya la economista Clara Ponsatí. Escribí en 2013, junto al periodista Eduardo Zugasti, un artículo para “Claves de razón práctica” donde la mencionaba. Pueden leerlo digitalmente en la web Tercera Cultura con el título “Secesionismo académico de salón”. Durante el tiempo de la ofensiva independentista, los gobiernos nacionalistas han reclutado para la causa a académicos e investigadores de relevancia, particularmente catalanes. Valiéndose de su condición de “científicos políticos”, algunos quisieron tratar la cuestión del independentismo como un tema empírico, estrictamente “científico” que se podía resolver en un plano positivo y libre de ideologías.

En ese 2013, la doctora Ponsatí saltó a la palestra haciendo predicciones en base a la Teoría de juegos, especialidad dotada, como saben, de moderna respetabilidad. A poco más de dos meses del 1-O, estamos en un momento interesante para valorar toda aquella ciencia. La autora partía de premisas económicas que le parecían indiscutibles, como esa ya desacreditada idea del “déficit fiscal catalán”. También para su hipótesis era fundamental observar que las amenazas del gobierno español no eran “creíbles” ni “ejecutables”, menospreciando totalmente la capacidad de reacción de un estado como el nuestro. Evidentemente, partía de serios errores de base.

Pero, además, y en esto se centraba el artículo, los comportamientos emocionales o biológicos no deberían ser obviados o minusvalorados en el marco de la Teoría clásica de juegos para entender las decisiones estratégicas de los individuos y los colectivos. Los mismos científicos no están libres de estas limitaciones cognitivas que constriñen el análisis racional. Muchos de esos académicos y profesores están devotamente comprometidos con la independencia, y eso es un gran sesgo. Sin contar cuestiones más personales pero que podrían tener un efecto emocional importante. En el caso de la nueva “consellera” Ponsatí, una cátedra de la Fundación Príncipe de Asturias que, según ella, le fue denegada por motivos políticos.

 

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